Sri Lanka: ¿Dos meses ya? | Two months already?

[Español]

Del creador de “Two months already? (Sweden)“, llega este post. Aquí quiero compartir cómo han sido estos ya dos meses en este país del sur de Asia.

En primer lugar, hablemos de geografía. Para nadie es un secreto que, a los ojos de foráneos, al menos de América Latina, la ubicación de Sri Lanka es, cuanto menos, incierta. “Queda por ahí como quien va para la India”. Y luego está la cuestión de “¿India dónde queda realmente?” Más allá del terrible tsunami de 2004, Sri Lanka no está en el radar de la mente de los latinoamericanos. Esto es vergonzoso, pero también es una lástima. Sri Lanka es tanto o más caótica que Lima o Bogotá, y su clima tropical añade un puñado adicional de características con las que los latinos podemos relacionarnos muy bien. No hablo de la cultura ni los roles de género ni la diversidad étnica y lingüistica, porque ahí sí que no hay dónde agarrar. Pero para un latino como yo, que encuentra un poco aburrida la perfecta paz de un país escandinavo, estar en Sri Lanka se siente un poco como tener pequeños pincelazos de casa.

Dicho esto, me pareció divertido compilar esta lista de curiosidades y mini-lecciones aprendidas de mi estancia en “Lanka”. Algunos pueden sonar un poco agresivos, pero es solo humor:

  • Los pitos (bocinas para los malpensados) de los buses son demasiado fuertes. No es raro tener pequeños paros cardíacos al caminar por andenes de avenidas grandes. Paros cardíacos míos y de otros. Es chistoso.
  • Hay sparrings (inserte cara de asombro). Para los que no saben, los sparrings son los ayudantes o cobradores que se cuelgan de la entrada de los buses gritando la dirección o ruta del bus y atrae pasajeros. Mientras ellos gritan lo que sea en cingalés, yo escucho “¡Socorro, Bosque, Manga, Centro, Bocagrande!”
  • El tráfico es caótico. C-A-Ó-T-I-C-O. Si creen que el tráfico en la costa colombiana es tenaz, Colombo les da tres vueltas. A esto súmenle que el volante está en el lado derecho de los carros. Gracias, UK.
  • Lo anterior, sumado a que muchísimas calles no tienen andenes, hace que caminar en Colombo sea una aventura, no una simple actividad cotidiana.
  • Las cebras para cruzar existen, y generalmente son respetadas… si te botas la calle con determinación y levantando la mano en señal de “deténgase”. Yo siempre me muestro muy serio, pero estoy destrozado por dentro.
  • Tienen Milo. Nada más que decir.
  • Todo tiene especias. No pasa nada, aman las especias. Pero no le dicen a uno que la empanadita tiene especias, y ahí ven a Joshua con la boca de fuego. Ya me he ido acostumbrando.
  • “Colombo, Magia Salvaje”. Por mi casa pasan lagartos (salamanquejas o cuquecas que llaman), caracoles, perros, gatos, tortugas, bichos, serpientes, ranas, ratas… Y bueno, uno que otro día, quizá hasta elefantes.
  • Los días de luna llena son festivos para los budistas, y se les llama Poya. Pueden imaginar mi mente malpensada cuando escucho “Oh, today is Poya Day“…
  • Pueden llamar Tuks a través de una app que se llama PickMe y pagar con tarjeta de crédito. Un hit.
  • Los conductores de Tuks no te entienden si pones el acento en la sílaba equivocada, así la dirección que digas sea evidente. Por ejemplo, si digo “KirimandÁla” no me entienden, porque se tiene que decir “KirimÁndala”. Pinches.
  • Ir a cine en Colombo es una huesera. Los asientos no están mal, pero te dan una cajita diminuta donde caben 54 crispetas. Y solo un tamaño. Me rehúso #babyno.
  • Me encanta que muevan la cabeza, como los Indios, para decir que están de acuerdo o “sí”… o “no”… o “no estoy seguro”. Es divertido. Uno se acostumbra.
  • El único tipo de música en español que se escucha es reggaeton de Maluma y Nicky Jam. A veces he escuchado covers de Shakira… y, por supuesto, todas las versiones posibles de Despacito.
  • Hay que ser un poco agresivo hasta para pedir la comida. Las filas es lo más ignorado que hay.
  • Ay, los monzones. Casi “se me devuelve el frijolito” hace exactamente dos noches: las lluvias son súbitas, torrenciales y ruidosas. Anoche hubo concierto de truenos durante toda la noche. Miedoso.
  • No podía faltar: tienen KFC. PERO el pollo de KFC es picante… Jmm.

Hay, por supuesto, muchas cosas más que no recuerdo o quizá no he notado. Lo cierto es que, no sé si es que me adapto muy rápido o si me apego en exceso a la rutina, pero por alguna razón siento los espacios de Colombo como propios, como que pertenezco a la ciudad. Recuerdo haber tenido la misma sensación a los dos meses de estar en Suecia. Pero la verdad es que no pertenezco, y seguramente no perteneceré. Mi admiración por el país no abarca tanto como para lograr integrarme en esta sociedad, pero eso es otro post. Por ahora intentaré dormir con la humedad en casi 90%, mientras intento asesinar una horda más de mosquitos mamones.

Buenas noches (o días, o lo que sea).

Josh

[English]

From the creator of “Two months already (Sweden)“, here is this post. I would like to share some random, shallow thoughts of my experience in this South Asian country for the past two months.

First, let’s talk about geography. I’m sure I’m not lying when I say that, before the eyes of foreigners, at least for Latin Americans, Sri Lanka’s location is a bit uncertain. “It’s close/around India, right?”… Then we find ourselves thinking: “umm… Where’s India exactly, actually?”. Sri Lanka is not in the minds of Latin Americans except for, perhaps, the tsunami. This is embarrassing, but also a shame. Sri Lanka is as much or even more hectic than Lima or Bogota, and its tropical weather adds up a bunch of additional features to which we Latinos can easily relate to. I’m not talking about the culture or the gender roles, or the ethnic or linguistic diversity… But for a Latino like me, who finds a bit boring the perfection or peace of Scandinavian countries, being in Sri Lanka feels a bit like home somehow.

Having said that, I found it funny to compile this list of curious things and mini-lessons learned about my stay in “Lanka”. I threw some shade, but no hate intended (just humor):

  • Honks are ridiculously loud. It’s not uncommon to have little heart attacks as one walks on the sidewalks by great avenues. It’s annoying but funny.
  • There are sparrings here. Sparrings (how we call them in my city) are the helpers of bus drivers who hold on the bus entrance, shouting the route and attracting passengers. They shout whatever Colombo’s neighborhoods in Sinhala, I hear Cartagena’s neighborhoods.
  • Traffic is chaotic. C-H-A-O-T-I-C. If you thought for a second that traffic in cities of the Colombian’s Caribbean coast was hectic, you have no fucking clue. Please note that people here drive on the right side of the road (thanks, UK!).
  • Many streets don’t have sidewalks. Walking in Colombo is not just a daily, regular activity, it’s basically an adventure.
  • Zebra crossings exist, and they’re generally respected… if you walk with determination while raising your hand making the “stop” sign. I look confident, but I’m nervous AF and broken inside.
  • They have Milo. A-mazing.
  • Everything comes with spices. It’s ok, they love them, I like them too. But they don’t even bother to warn you. Of course, my mouth have been on fire several times. I’m getting used to it, finally.
  • “Colombo, Magia Salvage”. I’ve become friends with lizards (there’s one at home called Richard, the Lizard), snails, dogs, cats, turtles, all kinds of bugs, snakes, frogs, rats… and occasionally, maybe elephants.
  • Full moon days are holidays for Buddhists and are called Poya Days. Do you know what “polla” is in Spanish?
  • You can get Tuks rides using an app called PickMe and pay with credit card. Nice.
  • You need to properly pronounce Sinhala, even if you don’t really speak it. Otherwise, Tuks won’t get what you’re trying to say. Let’s say, for instance, Kirimandala. If I say “KirimandÁla” they won’t get it since the accent must be said in another syllable (KirimÁndala). Mhm mhm.
  • Going to the movies is a bad business. Seats are fine, but they’re stingy with the popcorn. Te-rri-ble.
  • I love how they move their heads, like Indians, to say that they agree, or “yes”… or “no”, or “I’m not sure”… It’s a bit complex, but it’s fun anyways.
  • Maluma and Nicky Jam is what you can listen to in Spanish. I’ve heard some Shakira’s covers… and, of course, all possible versions of Despacito.
  • You need to be a bit aggressive when ordering food at a local restaurant just because queues are completely ignored here.
  • Oh! The monsoons. I freaked out last night: rains are sudden, really heavy and super loud. We had a concert of thunders last night, all night. Scary.
  • Last thing: they have KFC. BUT the chicken is, of course, SPICY! Mixed feelings.

There are many things I don’t remember or haven’t noticed yet. Maybe I adapt too fast or perhaps I’m extremely attached to a routine… The truth is that, for some reason, I feel like I fit in Colombo. It feels like I belong to the city. I remember having the same feeling two months after arriving to Sweden. But the truth is that I don’t belong to Sri Lanka, and I probably won’t. My admiration is not encompassing enough to be integrated into this society, but that’s another post. For now, I’ll try to sleep with 90% humidity while trying to murder one more horde of annoying mosquitoes.

Good night (or morning, or whatever)!

Josh

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Festive Protests

Having a random conversation with a friend, a worrying thought popped into my head. My friend said: “I don’t feel proud to be gay, it’s a curse! I wish I was straight, getting married, have kids, have a regular life… But no! I had to be a faggot!” After being in three Pride parades in the past two years, I never really answered the question: why is Pride important? I know it is, and many people too… but why? Why do I march for? I think that answering this question could also help understanding why one can feel unhappy with its own sexual identity.

So I asked around. For some, the answer is evident. Many say that Pride is a matter of identity. I agree. It’s true, sexual identity is just one of the layers we have, but (stupid as it sounds) it can be harmful, to ourselves mostly. Some might not experience discrimination or violence at all, but one cannot deny that others do… usually with deadly consequences. A thing that’s supposed to be a personal business becomes a human rights issue. Therefore, Pride is a way of showing and shouting “we are here, we exist, we are many, we are humans”. As of today, there are more than 70 countries with criminalizing laws against homosexuality. Many others do not even have anti-discrimination laws for LGBT+ people. “Why would we need those laws?”, one might say. Well, check any ILGA report.

Pride is important because being queer defy long standing gender roles. I’ve recently learnt (thank you, Sweden!) that men and women are expected to behave, act, even dress in certain ways. Women should be feminine, emotional and beautiful, while men should be tough, strong and protective. Why? Have we asked ourselves that question? As soon as our behavior is perceived as “deviant”, society freaks out and points fingers at us. There’s when shit happens. Being a “festive protest”, with two meter-tall, deep-voiced drag queens, boys with makeup and heels, women with free nipples, Pride parades have strong political, social and cultural statements. Of course, people decide to use such powerful force against it. My friend said: “If you’re trying to do something solemn, you don’t put comedy in between”, referring to the carnival-like march. Should we then march conservatively and quietly, like a cult, with man wearing suits and ties, and women covering their necklines and their legs? THAT’S WHAT THIS IS ABOUT! Jumping around with a gay flag IS meant to be a slap to those expecting us to follow traditional gender roles. Why is that a bad thing? How does that become a parody? Pride is about shouting “being QUEER is FINE”.

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Malmö Pride, Sweden.

So, for me, Pride is far from being pointless or ridiculous, no matter how annoying it is to have too many letters in the LGBT+ acronym or coverage of “those faggots” is excessive on media. Some argue that, following the Pride logic, we should have a “Straight Pride”… (spit the drink!). This is wrong in so many ways. No person has been discriminated for being straight. People are, of course, also discriminated based on other social identities (being a woman, a black person or a migrant), and that’s why there are social justice movements advocating for their rights. Those protests are certainly not pointless.

This does not mean that the LGBT Pride is exclusive for LGBT+ people. Pride is meant to spread love and everyone should be able to join. We embrace diversity, that’s what this shit is about.

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Lund Pride, Sweden.

So why do I march for? I march for freedom, for equality. I march for those discriminated against, for those who have died based on their SOGIE*, for living in a world without fear, for those who cannot march in their hometowns, for those who must meet their loved ones secretly, for those who are forced to “act straight”, for those exposed to conversion therapies, for those expelled by their families after coming out. I march for all of them, because we’re a gigantic spiritual family united by a common understanding of what it means to be queer. I also march for myself, for even having the chance to march, for being brave enough to come out in a society that condemns difference, for drying my tears and lift my head up.

These festive protests around the world are important. They will keep happening until SOGIE becomes a useless term, when it doesn’t matter who you love, or why you talk like you talk, or why you dress like you dress. Until then, Pride will still be alive!

Jago ©

*SOGIE: Sexual Orientation, Gender Identity and Gender Expression.

Let’s remember a couple of things…

I’ve been in Sweden for more than 5 months now and it feels… strange. Fine, but weird. I’m writing this post while a freaking Siberian wind wave is slapping the crap out of Sweden, so I’ve been “captive” at home today to do a lot of thinking on lessons and challenges that are about to hit me in no time.

I don’t know how to describe my current emotional state. It’s not a bad thing, it’s just… I just don’t know what it is. And no, I don’t think it’s the weather. We blame it way too much on the weather. A few weeks ago I faced “post-joy” depression and anxiety, but managed to handle it with some help. That’s ok. But now, I feel… fine…-ish (?) Just “comfortable” somehow, I guess. Academically speaking, I still don’t know how to contribute, how to actually think as I’m supposed to, how to be “critical” without getting all sensitive (ay, severa flor). Maybe I’m being too hard on me or just strengthening my insecurities, who knows. I don’t know how to be or act… It’s like I’m still figuring out a way to be me. But I think that’s fine. I am not bothered by that because this isn’t an easy experience. It doesn’t have to be hard, but it’s not supposed to be easy. And that’s fine. I’m sure that I’ll look back in the future and see all of this as one of my most precious, life-changing experiences. Yeah, I will never stop being cheesy and corny, so suck it.

BUT this is easy to forget. Especially me, with my prodigious fish mind, tending to forget where I am and how things got the way they are. So I’m writing this in an attempt to remind myself, and someone else out there, some really basic stuff to help me through this. I think of them as post-its spread all the room, or the bike, or even the streets. And yes, get ready cause’ shit’s about to get motivational:

  1. Let’s remember, admit and recognize that we’re pretty awesome. It may sound like a comment made by a stranger trying to cheer us up (*low male voice* don’t worry, dude, you’re awesome), but it’s not. It’s actually true and we know this. Something like I’m sexy and I know it, but less LMFAO. Plus, I think there’s nothing more comforting that making someone burst with a super loud laughter by being just you. Porque nosotros somos gente cool… (8).
  2. Let’s remember that there’s nothing wrong with praising ourselves. Not in a narcissistic way, you egocentric bitches, but just as a reminder of our skills, our strengths, our values. As real human beings, we ridiculously hit ourselves with the whip of sadness and disappointment, focusing on the bad and ignoring all the good things we own. Stop being stupid and be kind to you.
  3. Let’s remember and acknowledge that we’re here because of our own decisions. No one forced us to do what we do (except for Latin American moms). I’m here because I chose to be here. So mala suerte… Hay que ser consecuente. Careful what you wish for and be rational about it. It doesn’t mean it’s a bad choice, but nobody said it was going to be easy.

And finally, next time we’re feeling all silly and sensitive, let’s try a breath-taking technique I came up with (to be tested): try being your own advisor. What would you say to a person feeling as you feel if you were to provide advise to him/her? Doesn’t make sense, but I got the feeling that I may be trying it very soon, especially when I’m about to live Sweden and adjust to a complete new setting again. Al que no quiere caldo…

One a side now, I know it doesn’t look like it but I’ve always hated motivational shit. It seems however that this is all my hands are able to write right now. Así que qué importa, we all need some nice words to get our minds back on track every now and then.

Stay warm y’all.

Jago ©

Am I really me?

Many people warned me about how strange and somehow difficult a life in a new land would be. Not because of the land itself, relevant as it is, but for the changes in our lives, deep within us, touching and grabbing the roots of our own selves.

Whoever says s/he has already found the true essence of her/his existence is either lying, trying to convince him/herself or actually making a well analyzed, self conscious statement that many people take a whole life to find out. Good for them on the latter.

It’s been almost four months since I left my cousy bed in Bogota, my regular dinner meetings with friends and coworkers, my cold nights with my greastest friend at home. See, I felt pretty confident that such person enjoying and living all those moments was someone I knew. “This is me”, I guess. Of course I questioned myself several times before, you know, when your mind ‘clicks’ and all of the sudden you’re a grown up paying bills and being in charge of your own self. When you realize that… that’s it (?) But here, being a student again, eating food I unskillfully cook myself all salty and greasy, putting my hands next to a radiator while the wind outside threatens to tear down all buildings in Östra Torn, I meditate and come up with the same questions again. Questions I asked myself several years ago and thought I successfully answered to sculpt my “me”.

It’s not only about my empirical isolated experience. I think that most of my reasoning emerged from interacting with others. In academic contexts, you’re kind of forced to interact. Not that I’m not into it… I love it! But I wasn’t exactly into meeting new people each week back in my “past”. Here is impossible not to, and that’s overwhelmingly impressive. These “other people” got me thinking about me. People with breathtaking backgrounds, those you read in books and magazines. Those you didn’t even expect to hear about, anticipate or picture, and they positively end up shocking you even more. I have always found people’s stories fascinating, enriching and valuable. It’s impressive how a person’s perspective of life and the world can be shaped by innumerable aspects, such as a TV show, a family tragedy, a political struggle or even a war.

It makes me re-think everything about my own “me”. Why am I “me”? How did I come to create this version of myself? What shaped me? Do I actually know that? Am I just being me and that’s that? Who do I enjoy being the most with? Why? Why do I even like the music I like? What are my passions, my interests, my hobbies, my “pushing” or “driving” forces? Is it ok if I just don’t have any, and I just… be? Is it coming out as a result of this international experience or is it some sort of existential crisis that happened to coincide with my current state of being? Is this “me” today, the same “me” that is going to be for the rest of my life? Am I really me?

Jago

Two months already?

Ever since I was a little kid, back in my days in the military school (yes, believe it), I explored the wonders of learning, understanding and communicating in a different language. Mariah Carey, Michael Jackson, Donna Summer, Ace of Base, among others, developed an incredible world in my ears. Friends eventually joined. I remember my mom being gladly surprised on the fact that I learnt (and perfectly sang, obviously) one of the hardest parts of Always Be My Baby. I was barely able to understand around 40% of it. Ok, maybe 35… 30% of the songs, but still read the lyrics using a small dictionary while decoding the pronunciation of each weird word. No wonder how my fascination burst when I was finally able to gossip and talk for hours with friends who had lived abroad, who described how different other lands were, far from my warm home.

Then I made a promise to myself: to explore the world. Yep. Cheesy, right? Everybody loves travelling, blah blah blah. Well, fuck you! It was a huge deal for me. A tiny light of hope shined shyly when my dad travelled to the US for a couple of years, but things didn’t work out… Having my photo on some colored sticker in a little notebook that everyone called “pasaporte” turned to be useless, as I couldn’t visit one of the lands most of my friends used to talked about at school.

I got over it. Kinda. I moved in to a big city and started college. Met very skilled people and kept on improving myself. But wanna know a fun thing? There were moments in my life in which I believed, actually believed that being bilingual was not an advantage. You know, when you see wealthy mediocre classmates spend money in language courses abroad and come back with zero improvement, you question your existence. Why can’t I have that? Some people just get it too easy. Why, damn it! Where was my chance? WHERE WAS IT!

Well, I can barely remember those days, as I’ve been living in Sweden for more than two months now!!! I waited so much, I got pimples for anxiety, I gained weight, I partied so hard… and here I am. How have these two months been, you wonder? Well, I built this tiny list to include facts, milestones and some lessons learned in this life-changing journey. I threw some shade, but no hate intended:

  • I live in an amazing studio flat. I feel so fancy. Although I have been visited by a Jehova’s witness (don’t ask). Additionally, I’ve been improving my cooking skills. Thanks, Tasty, for existing.
  • I live far from my faculty building. Far. Like seriously, very much. It sucks… It’s like… 10 min bike. BOOM! In your face, Bogota!
  • Some buses have WiFi – in case you’re interested.
  • Everybody speaks English. Everyone. I keep asking myself what’s the point of keeping a language in which the “Y” is unpronounceable (already in Swedish classes, which I dropped eventually).
  • Parties suck. You know how in Colombia we say like “el ambiente lo hace uno”. No. It doesn’t work here. Europeans (not only Swedes) are decades ahead of us in development, but decades behind in music: why the fuck are you still listening to La Camisa Negra? Every. Single. Party.
  • Oh, the darkness. Good news is, here in the South is not that bad. But it still sucks that the sun comes up at almost 8am and goes at 5:45pm.
  • OMG, LIGHTING. Sweden is a safe country, but they really need to invest in public lighting. I might lose an eye walking home.
  • As useful as they are, I hate earthworms. Hate them. And.. they’re everywhere and specially when it rains. It rains in Lund almost everyday. Fuck me.
  • I still don’t know how to buy winter clothes. I said it.
  • Oh, Swedes plan everything. I need to schedule my laundry at least one week before or I’m screwed. You need to sign up for everything, even if it’s a street party. Thankfully, no more “please bring a photocopy of your cedula ampliada al 150%”.
  • Need to pee? Get in line. Need to get in an event? There’s a queue. Swedes love queues.
  • These people really recycle everything. I have a bag to keep colored paper, one for plastic, one for food waste, and so on. Eight in total, thank you.
  • I have met the following quantity of Swedish guys… Get ready… 1! Lund is way too international. Yay… and boo.
  • Academic quarter: it turns out that you have a 15 min period to get to class. If the class it as 3:00, it officially starts at 3:15. It’s the rule. I imagined Tyra Banks saying: “Congratulations, Sweden, you’re one step closer towards becoming… Colombia”. Just for academic matters, though. Your friends will be pissed if you’re late. Unless they’re from the US. Just saying.
  • Coffee is expensive. What? EVERYTHING is expensive. If you think your Colfuturo’s budget is enough, well guess what? IT’S NOT. Welcome to Scandinavia, bastard!
  • NO KFC IN LUND. No further comments.
  • Nations. Sort of sororities, but for everyone. Most parties happen there. You must join one to get free access to their events. I think so…
  • Want some wine bottle? Go to the grocery store and buy it. WRONG. If you want to get drunk, you need to go the Systembolaget, a state-administered store in which you can buy liquor with 3,5% alcohol or more. It opens at 10am and closes at 7pm. Told you. Plan!
  • As beautiful as Swedish kronor bills and coins may be, they are becoming the ultimate cashless society. Pretty cool, considering student budgets. Feel my sarcasm?
  • Inclusive and tabooless society. I was at the gym once (literally just once) and guys shower naked right in front of me. No shame, no weird looks. And most bathrooms are for both men and women. They’re amazingly clean!

I could certainly go on and on, but I’m going to stop now. I need to stop to process this, to realize this is exactly what I was planning to find when I left home, sweet home, two months ago. It is weird, though. It feels so natural, like I’ve been here forever even though all I can say is tack and hej! It must be the cultural ‘honeymoon phase’… Hope it lasts.

Finally, all of this makes me think: why was I so worried, so desperate to live this moment? I wanted to live this experience, but tiempo al tiempo. Maybe I wasn’t ready. Maybe this is where I have to be right now. All I know is that my days trying to understand the lyrics of Beautiful Life, staying at home writing essays instead of partying… they fucking paid off. I worked my ass off, met some cool people, lived and just in a blink, it happened. Two months already and counting.

Byeeeeeee!

(Swedish) Jago

Sed de Vida

Los que me conocen saben que yo soy ridículamente impresionable. Creo que lo he escrito ya varias veces aquí. “¡Anda, mira, un bolardo!”. Hay una parte de mí que se empeña en querer atarme, espiritual o metafísicamente si se quiere, a los lugares que visito. Y no me avergüenza decir cosas tan absurdas como “este camino empedrado que estoy pisando se quedó ahí, esperando, para que yo viniera a admirarlo“. Yo y otra gente, pero estoy seguro de que esas personas no le dan la importancia al pobre caminito como yo.

En cualquier caso, hoy estoy de nuevo así, como cuando viajé solo por primera vez fuera del país por mi cuenta. Fue a México, a Tijuana, una ciudad que jamás pensé visitar. Uno generalmente dice como París, New York o, no sé, El Cairo. ¿Pero Tijuana? Hay miles de historias que contar, pero ese no es el tema de hoy. El día que viajé me asombraba hasta el alerón del avión, hasta lo amarillenta que se ve la ciudad, así como en las películas. Todo, a mí todo me asombra. No me gustan las sorpresas, pero siento que siempre me sorprendo yo mismo con cada nueva aventura en la que me meto.

Quise escribir este post antes de irme de Colombia. Y lo digo así, dramáticamente (qué novedad), porque siento que no voy a regresar. Como dice la mujer más sabia que conozco -después de mi mamá-, “la lengua es el azote del c*lo”. Pero espero realmente no azotarme al decir eso, que no volveré. No quiero hacerlo. Y no tengo nada contra Colombia, a pesar de los innumerables argumentos. Me gusta Colombia, soy colombiano y siempre lo seré, pero yo nunca he sido muy nacionalista, sino más bien adaptable, como “mutable”, diría una tarotista. Quizá me vuelva así estando lejos, quién sabe.

Pero hoy, estando a miles de kilómetros del horno de ciudad que me vio nacer siento que lo que me falta por descubrir de mí mismo no ha llegado a ser un número entero en el porcentaje de mi vida. He ido alimentando mi persona, mi ser, mi esencia, con goticas, con “ñisquitas”, con decimales de lo que realmente seré.

Hoy, con lo proféticas que puedan llegar a ser las palabras escritas o habladas, sé que el planeta se va a quedar corto para saciar mi sed de vida. Digamos que es el jetlag, digamos que es la inmensidad de las mezquitas, digamos que el mar de Mármara, digamos que es la impresión de no entender lo que dicen los turistas, digamos que la amigdalectomía, digamos que es el agua embotellada extranjera. Hoy (o más bien ayer) empecé a escribir el capítulo que había querido empezar a redactar hace mucho, mucho tiempo, más o menos desde que tengo memoria. Estoy muerto de susto, y muchos me dirán que evidentemente estoy exagerando y que me va a ir bien. Y sí, me va a ir bien, también yo lo siento así. Pero mi papá siempre me ha dicho que si no dan nervios es porque no te importa. Y a mí esto es lo que más me importa en este momento.

Si bien Estambul no tiene nada que ver con mis planes de vida, por algo estoy aquí. Y como yo paso recargándome de energías positivas, del mar, de las esencias, de lo bueno que haya por ahí, voy a aprovechar esta pequeña parada para lo mismo.

Solo para dejar plasmada mi impresión, si es que eso es posible, aquí comparto algunas de las fotos que tomé y que más me impresionan de Estambul. Qué digo, del pedacito de Estambul que conocí. Esta ciudad es estúpidamente grande.

Por un lado, la modernidad. Hay tantos edificios nuevos que pensaría que el negocio de finca raíz se está moviendo como venta de pan caliente (como si yo supiera). Y detrás de los edificios nuevos, está toda la plata que intuyo está invirtiendo la ciudad para que se vea tan hermosa como se ve. Como en todos lados, hay altos y bajos, pero Estambul siempre está vestida de gala.

Todos hablan en todos los idiomas, pero (para algunos, sorpresivamente) todos han sido increíblemente amables conmigo. Y hoy me di cuenta de que amo las sonrisas. Puede que te rías, puede que no, pero las sonrisas me reconfortan sobremanera. Un “gracias”, un “lo siento”, así fuese accidental. Nuevamente, muy impresionable.

Santa Sofía, ni iglesia ni mezquita. Ahora es un museo y mezcla la historia de dos religiones. Lastimosamente estaba cerrada. Solo pude entrar a las tumbas de los sultanes. Pero uno puede llegar a imaginarse su magnanimidad con su fachada.

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Amé que había carritos que vendían mazorcas asadas, como en Colombia. Este señor, sin embargo, vendía creo que dulces locales. Los voy a probar ahora. Esta foto la tomé en frente de Santa Sofía.

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Hay bazares, en el sentido estricto de la palabra. Pero son ostentosos, coloridos, vívidos. Uno camina entre los locales y puede oler las especias. Esta foto es del Arasta Bazaar, al lado de la Mezquita Azul.

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Me gusta mucho cuando llaman a la oración. Grabé un video, pero WordPress no me deja subirlo. Hay altavoces en todos lados y se escucha a varias cuadras. Primero la Mezquita Azul, luego Santa Sofía, y van alternando. No permiten grabar videos ni tomar fotos dentro de la mezquita cuando están orando.

Y bueno, en el museo de las tumbas de los sultanes en Santa Sofía, para poder entrar a las tumbas hay que quitarse los zapatos. Le tomé foto porque me gustó y por corronchería.

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Y como siempre, y foto corroncha de mí (sin palo de selfie, gracias).

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Guardaré el resto de fotos para mí. Tienen que venir, mala suerte. Por ahora, dormiré así sea una hora, antes de que el Sol se oculte, para tomarle fotos al Mar de Mármara, que se me está burlando desde la ventana del hotel.

De nuevo, gracias por leerme. Y si no me lees, mala suerte. Soy muy cool para ti.

Picos, Mañolo.

Insegura

Hacía frío y las olas se revolvían. Él la miraba con ternura. Ella, con desdén y fastidio. Él sopló un silbato y apareció un pelotón. Sopló de nuevo y se acercaron varios caballos con jinetes armados. Volvió a soplar y se escucharon lanchas con uniformados de la Marina. Silbó por última vez y un soldado le acercó una pistola. Ella, días atrás, le había dejado por sentirse insegura. Él, noble e ingenuo, le indicó que estuviera tranquila. 

Mañolo.

No estoy enamorado

Quiero compartir con todos un post que escribí hace exactamente dos años en Facebook, cuando, Dios sabe cómo, no sabía que existía WordPress. Y no, el protagonista de esa historia aún no lo conozco.

“No estoy enamorado, nada más pienso en ti. En que dudas si elegir plátanos o papas, pero siempre eliges papas. En que se colorean tus mejillas cuando tienes frío o que se calientan tus orejas cuando hay sol. En que te sostienes de tu pierna izquierda mientras esperas el bus. En que no te gusta el invierno. En que arrugas la nariz cuando tus lentes se escurren. ¡No estoy enamorado! Sólo pienso en ti. 

Salgo y camino hacia la estación. Miro el andén. Está mojado por la lluvia de ayer. Hay formas oscuras por todo el camino. Son como las imagenes que se forman cuando cierro los ojos. Pero yo ya no veo figuras. Te veo a ti, caminando lento, mirándome y sonriéndome feliz. 

Subo al bus y saco mis audífonos. Oigo Starlight de Muse. Pienso en tus brazos enlazados con los míos. Son tan tersos como un suelo hecho con pétalos de lirios. ¿Te gustarán las flores? Me gustaría hacerte un regalo, Io que sea, que te haga sonreír sólo para ver cómo se forma el arco de tu rostro, cómo se levantan tus labios rosados y delgados. Quiero siempre hacerte sonreír.

Bajo del bus, camino apresurado. Mis pasos tienen ritmo sincronizado, constante, firme. Suena a mi corazón golpeándome el pecho cuando te veo. Te veo siempre, donde sea que esté. Te veo y ese compas se acelera cuando sé que tu risa a carcajadas es mas bella que el sonido del mar en las mañanas. Acelera cuando haces rizos con tu cabello largo y ondulado, más precioso que la caída de mil cascadas. Se apresura aún más cuando veo tus pequeñas manos, tan delicadas y finas como un prado repleto de orquídeas. 

LIego a mi destino y mi corazón no lo soporta mas. Se detiene de golpe al saber que no hay noche despejada y estrellada más brillante y mágica que la que forman tus ojos profundos y oscuros, esos que ahora me miran mientras espero por ti”.

Mañolo.

Esotérico

Sí, de ahora en adelante me llamaré Mañolo, porque por qué no.

Era noviembre de 2016. Tenía el pulso un poquito acelerado. Acelerado porque siempre me pongo nervioso cuando voy a viajar, y acelerado porque realmente pensaba que debía sentirme nervioso por todo el video de conocer este lugar.

Me paseé cual conejo en la pradera registrándome en el counter, ubicando la sala para abordar y cargando un poco más el teléfono. Reencontrarme con el pasado no me alteraba en absoluto. Ya saben, las “típicas” historias de ex-s residentes en el exterior y cuyas relaciones son terriblemente complicadas, pero eso es otra historia. El caso es que no, no estaba perturbado, para nada. Mi mente realmente estaba enfocada en intentar disfrutar lo que venía, así no existiera todavía.

Eso es raro, ¿no? Mi mamá dice: “el futuro no existe”. Yo pensaba: “a ver, tampoco…”. Y seguía pensando y sí, no existe. Cada letra que escribo no sabe que la voy a teclear. ¿El próximo segundo pasará? A ver, obvio sí. ¿Lo sabemos realmente? No me voy a poner filosófico.

El Sol se metió descarado por la ventanita del avión y me cegó. Cerré los ojos y el despegue estuvo normal. Recuerdo que me sentía más bien incómodo porque me daba la impresión de que hacen los asientos cada vez más pegados, y eso nunca es justo para mis 1.92 de estatura (modestía no-aparte). Me puse los audífonos y descansé. Fueron tres horas de vuelo.

Sólo hasta que puse el pie en suelo limeño me di cuenta de que tenía las manos sudadas, de que me temblaban las piernas. Hacía calor, sí, pero esa no era la razón. Después de pasar Migración, recoger las maletas y agradecer a un par de amigos por ir a recogerme, me vi en la Costa Verde de Lima. Siempre diré que hace la diferencia vivir en una ciudad con mar.

Aunque este post no es sobre Lima, creo que vale la pena dedicarle un par de párrafos, lo cual me parece ya suficientemente ofensivo. Lima lanzó varios hechizos sobre mí. No por la sazón de sus comidas, no por lo bohemio de Barranco (mi distrito favorito), no por su Sol picante y traicionero. Por muy absurdo y clichezudo que suene, Lima me hipnotizó por sus acantilados. Alguien a quien aprecio sobremanera me llevó a su “lugar mágico”, un pequeño espacio verde en la cima de un acantilado, al borde del distrito de Jesus María. Fui de noche. Se me aguan un poco los ojos al recordar la brisa y las gotitas de agua en mi cara. Siempre me ha dado miedo el mar de noche, pero me sentí seguro, como protegido. ¿Seguro en un acantilado? Ajá, así de pendejo estaba.

Otro día se me dio por caminar solo por la ciudad, por varios distritos, visitando museos y comiendo pollo de Popeye’s. Tomé un taxi para que me llevara específicamente a ese mismo lugar. Eran poco más de las doce del mediodía, así que el Sol quemaba bastante. Pero llegué y automáticamente lo convertí en mi lugar. Me lo robé descaradamente. Me acerqué al borde, miré hacia abajo y vi a quien asumo es un padre y su hijo contemplando el mar.

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Los miré por un tiempo y luego me recosté sobre el cesped. Poco me importó dejar mi mochila, mi teléfono y hasta el palo de selfies, al lado, ahí tirados. Si pudiera haberme desnudado lo hubiera hecho. No quise tomarme fotos, no quise registrar ese momento en algo más que no fuera mi propia memoria. Cerré los ojos por un rato y luego los abrí y vi el cielo azul, casi sin nubes. Ni una pizca de “Lima, la gris”. Luego me levante, caminé de nuevo hacia el borde y respiré profundo. Respiré fuerte para escucharme, para sentir que me llenaba de ese aire revoltoso combinado del mar y las piedras de la orilla. Respiré varias veces para saciarme, para sentir que cuando exalara saliera lo que no necesitaba. Esta fue mi primera gran recarga de energía.

Entre peñas monumentales y comidas sazonadas con ajíes amarillos se acabó mi tour por la capital peruana, no sin antes atiborrarme de maricaditas que uno ve ahí y allá, y, por supuesto, pisco. Podrán decirme lo que sea, pero por el licor que hace un país uno puede saber muchas cosas.

Me encaramé en otro avión hacia Cusco (o Cuzco, nunca lo logro), la capital del imperio Inca. Bastantes artículos se han escrito ya sobre su historia, y yo realmente no recuerdo mucha (tenaz). Tuve la fortuna de visitar varios sitios icónicos como el Qurikancha o Pisac, y de caminar por la Plaza de Armas y sentir el frío montañoso mezclado con el olor de cuy asado (no, no me gustó). En varios posts he dicho que soy muy impresionable y es cierto. Me da emoción hasta un andén bien pintado o un bolardo. Pero se me hace casi imposible describir con palabras lo que sentí cuando llegué a Saqsayhuaman, el Templo del Sol. Juro, juro que yo estaba normal, tranquilo. Hasta posé con una llama sonriente, pero ahí hay algo. Me da un poco de miedo admitirlo. No es nada malo, en absoluto, pero me puse a llorar, así de la nada. Creo que con el solo hecho de caminar por ahí, de sentarme a contemplar las piedras puestas sobre otras, ya me sentía como alguien nuevo.

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No ahondaré mucho sobre este episodio porque me pongo a llorar de nuevo, y realmente no puedo explicarlo mucho. Y tampoco quiero volver a llorar.

El momento cúspide de este viaje tan esotérico llegó unos días después. Debo confesar, con un poco de vergüenza, que cuando compré el paquete de entradas de los sitios que visitaría no dimensioné nada de lo que venía. En cierto modo es positivo porque quizá, de saberlo, no lo habría hecho. Viajé casi dos horas en tren desde Ollantaytambo hasta Aguascalientes, y luego esperé casi una hora para tomar un bus que se demora media hora más en subir a uno de los lugares que trazaron un antes y después. Y no, no es Macchu Picchu.

Llegué antes de las 7:00am corriendo, agitado por la altura. Vivir en Bogotá durante ocho años no me sirvió de mucho, la verdad. Todo estaba nublado. Una que otra piedrita apiñada se podía asomar entre la neblina antipática y celosa. Llegué a una casetica y había una fila de extranjeros equipados para escalar. Yo tenía unas botas Brahma, pero estúpidamente no tenía ninguna botella de agua. No le di importancia. Mostré mi entrada, firmé y caminé.

Extrañamente, con la neblina burlándose de mí, aún no había entendido nada. Simplemente caminé y caminé por el sendero. Y digo el sendero porque era uno, no podía perderme. Como lo impresionable que soy, aprecié la maleza. Hasta la toqué. Caminé y caminé. Entonces la vi. Desafiante y feroz, Huayna Picchu se impuso ante mí. Era ella quien ahora se burlaba de la neblina, y la neblina, casi que piadosa, se reía a carcajadas de mí. Hasta entonces supe que lo que venía sería tenaz, durísimo. Pero tampoco, no era tan grave. ¿O sí?

Pasaron veinte minutos de respiración entrecortada pero de pasos decididos. Caminaba sonriente al lado de extranjeros más lentos, o quizá más experimentados. Sin embargo, los siguientes veinte o treinta minutos se convirtieron en algo mucho más trascendental que la escalada de una montaña empinada. El calor de la selva se hacía más vivaz y mi ropa jamás había estado tan empapada de sudor. Miraba el suelo con desdén, casi que con ira, cuando la respiración se me iba casi entera con cada escalón que subía. Me vi solo, completamente solo rodeado de tierra, plantas y piedra. Pero no lo estaba.

Siempre hay una parte de uno que lo incita a desistir. Por mi parte, siempre he sido una persona que no necesita estrellarse para darse cuenta de que lo que está haciendo lo va a llevar a eso. Pero este caso era distinto, no había pared con la que estrellarse. Aún así, la falta de oxígeno, el terrible estado físico, el cansancio y la sed se aliaron con mi mente para decirme que ya era suficiente, que hasta ahí podía llegar yo. En lo que creo que fueron menos de cinco minutos tuve más batallas internas que en toda mi vida. Nadie más que yo mismo decidiría si continuar o no. Lo estaba debatiendo. ¡Hoy no puedo creer que lo estuviera debatiendo! Era muy triste y frustrante pensar que no lo lograría. ¿Qué demonio más terrible hay que el que uno mismo se crea?

Poniéndonos un poco coloquiales, me emputé y en voz alta dije: “¡Ni mierda! No llegué hasta aquí para devolverme, jueputa”. Una pareja de coreanos me escuchó y me sonrieron. Empuñé mis manos sudadas, me sacudí la cabeza, me llené de mucho aire y seguí escalando. Me olvidé de mi sed, pero no del peso que llevaba, tanto fuera como dentro de mí. Sabía que liberaría ese peso cuando llegara arriba, porque no dudé, nunca más, de que llegaría. Entonces lo vi. Vi el cartelito de la felicidad. Se me aguaron los ojos y le sonreí a Los Andes.

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Llegué. La neblina se escapó, arrepentida, porque se había burlado del turista equivocado. Me senté en una de las piedras y capturé en mi cerebro todas las imágenes, rincones y sensaciones posibles.

Ahí, en ese momento específico, supe que, a partir de ahí, no tendría límites. Que no los tendría porque no seré tan estúpido de crearme demonios que tracen líneas. Que haría lo que sea que quiera lograr porque soy yo quien lo decide. Y así, escalé un par de piedras más y me senté en la punta más alta de la piedra inclinada de Huayna Picchu. Era un rey.

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Alguien me dijo que cosas buenas te pasan el año siguiente al que vas a Macchu Picchu. Yo asumí entonces que cosas increíbles pasarían si había escalado Huayna Picchu. Creo que así es. Así, este post tiene dos intenciones: la primera es inmortalizar las sensaciones y los recuerdos que me dejó uno de los mejores viajes de mi vida. Que si miro este texto en el futuro pueda refrescar mi memoria y volver a sentir la piel de gallina. La segunda es anunciar, con risita nerviosa, que entre muchas otras cosas increíbles que han sucedido en lo que va del 2017, empezaré algo impresionantemente increíble. Yo decidí atribuir este logro a la brisa golpeada en los acantilados limeños, a la energía de Saqsayhuaman, al aura de Huayna Picchu, o una combinación esotérica de ellos. Lo cierto es que emprenderé una nueva aventura. Se ha concreado un deseo que he anhelado desde siempre y por el que me he esforzado sin descanso. Me siento inmensamente agradecido con la vida, con Dios mismo y todas las demás deidades que existan.

El caso es que quiero compartirles que muchos de mis próximos posts serán escritos desde Suecia. Me iré a estudiar un poco, gracias a una beca obtenida por méritos, con músculo, para seguir nutriéndome como ser humano. Y me complace mucho plasmarlo aquí, sin ánimos de alardear ni mucho menos, porque me siento genuinamente orgulloso de este logro. No está mal sentirse esotérico de vez en cuando.

Mañolo ©